Por qué es necesaria la dirección espiritual?
FUNDAMENTO Y NECESIDAD
La necesidad de la dirección espiritual tiene su fundamento remoto en la Sagrada Escritura, su proclamación en la tradición y su razón íntima en la naturaleza de nuestra vida espiritual y en el modo ordinario de obrar de la Providencia divina.
En la Sagrada Escritura tenemos consejos y ejemplos de cierta dirección espiritual:
–Tb 4,18: Busca el consejo de los prudentes y no desprecies ningún aviso saludable.
–Si 37,23: El varón sabio enseña a su pueblo, y los frutos de su inteligencia son dignos de fe.
–Si 21,13.17: La ciencia del sabio crecerá como una inundación, y su consejo será fuente de vida... La boca del sensato es buscada en la asamblea, sus palabras se meditan de corazón.
A esto hay que añadir los ejemplos bíblicos, como Samuel aprendiendo de Helí (cf. 1Sam 3,1-18), Cornelio de San Pedro (cf. Act 10,1-43), San Pablo de Ananías (cf. Act 9,10-19), etc. El ejemplo más importante es el del mismo Cristo adoctrinando a sus discípulos por el camino de la vida espiritual: No les hablaba [a las gentes] sino en parábolas; pero a sus discípulos se las explicaba todas aparte (Mc 4,34).
En la tradición de la Iglesia, la práctica de que quienes aspiran a la perfección tengan un guía espiritual se remonta a los primeros siglos cuando los grandes directores de almas fueron los monjes del desierto: los santos Pacomio, Dositeo, Sabas, Doroteo, Juan Clímaco, Juan Damasceno, etc., fueron todos grandes maestros del espíritu. Incluso seglares, con los emperadores a la cabeza, hicieron dirección espiritual, como nos recuerdan las tradiciones monásticas y las colecciones de sus apotegmas. La doctrina de la dirección espiritual nace con ellos y se continúa ininterrumpidamente a lo largo de toda la historia de la Iglesia hasta nuestros días. Entre los monjes del desierto la dirección espiritual llegó a ser considerada no ya un privilegio sino propiamente como un estricto deber del hombre que se retira a la soledad; y la privación del consejo espiritual de los ancianos o la falta de absoluta sinceridad con ellos era vista como ocasión segura de ilusiones, exageraciones y errores funestos. Ya San Antonio Abad decía: “He visto a monjes que, después de muchos años de trabajos, cayeron y llegaron hasta la locura por haber contado con sus propias obras y no haber aceptado el mandamiento de Dios que dice: Interroga a tu padre y te lo enseñará (Dt 32,7)”. Paladio, en la “Historia lausíaca” escribe: “Los que están faltos de dirección, caen como las hojas que empuja el viento sin rumbo fijo”. Los “Apotegmas de los Padres” nos permiten vislumbrar el modo corriente en que se realizaba la dirección, pues la gran mayoría de estos “dichos espirituales” son el relato de “direcciones” hechas por los grandes monjes. Ellas consistían, al parecer, simplemente en una visita de un monje novato a un anciano, una pregunta y una escueta respuesta.
Unos siglos más tarde llegaba a decir San Bernardo: “Quien se constituyese en maestro y director de sí mismo, se haría discípulo de un necio... No sé qué pensarán los demás sobre ésto; mas de mí sé deciros, por propia experiencia, que me es mucho más fácil dirigir a muchos otros, que a mí solo”. Igualmente San Vicente Ferrer: “Nunca Jesucristo otorgará su gracia, sin la cual nada podemos hacer, a quien teniendo a su disposición un varón capaz de instruirle y dirigirle, desprecia esta ayuda, persuadido de que se bastará a sí mismo y de que encontrará por sí solo lo que es útil para su salvación”. Y añade, en el mismo lugar, que, por el contrario, “quien tuviere un director, al cual obedezca sin reserva y en todo, llegará mucho más fácilmente y pronto que por sí solo, aunque fuere de ingenio muy despierto y tuviere a mano sabios libros de materia espiritual”.
En la tardía Edad Media un ejemplo singular de dirección espiritual lo ofrecen las Cartas de Santa Catalina de Siena; San Vicente Ferrer habla de la importancia de la dirección en su opúsculo De la vida espiritual. Más tarde, en pleno siglo de oro espiritual español, Santa Teresa desarrolló la doctrina y los criterios prácticos de la dirección espiritual en algunas de sus obras (por ejemplo, en Moradas, Vida, Camino de Perfección); lo mismo hizo San Juan de la Cruz (de modo particular en Subida al Monte Carmelo, Llama de Amor viva, Cántico Espiritual). Particularmente digna de destacar es la obra de San Juan de Avila, admirablemente resumida por él en su obra Audi, filia.
En el siglo XVII la práctica de la dirección espiritual estaba muy extendida y teorizada por autores como Alonso Rodríguez, Álvarez de Paz, Ludovico da Ponte, San Francisco de Sales, Fenelón, Bossuet, Olier, etc.
El Magisterio de la Iglesia ha confirmado esta práctica con su autoridad, recomendándola e incluso prescribiéndola en determinados casos.
Por ejemplo, el Catecismo de la Iglesia Católica dice: “El Espíritu Santo da a ciertos fieles dones de sabiduría, de fe y de discernimiento dirigidos a este bien común que es la oración (dirección espiritual). Aquellos y aquellas que han sido dotados de tales dones son verdaderos servidores de la tradición viva de la oración. Por eso, el alma que quiere avanzar en la perfección, según el consejo de san Juan de la Cruz, debe ‘mirar en cuyas manos se pone, porque cual fuere el maestro tal será el discípulo, y cual el padre, tal el hijo’. Y añade que el director ‘demás de ser sabio y discreto, ha de ser experimentado... Si no hay experiencia de lo que es puro y verdadero espíritu, no atinará a encaminar al alma en él, cuando Dios se lo da, ni aun lo entenderá’”.
La Presbiterorum Ordinis al hablar del trabajo para despertar vocaciones al sacerdocio dice que “para lograr este fin, es de la mayor utilidad la diligente y prudente dirección espiritual”; otros documentos la indican como medio ideal para que cada joven adquiera “una educación de la interioridad”. Y al mencionar los medios para fomentar la propia vida espiritual recomienda que “estimen altamente la dirección espiritual”. Por su parte diversos documentos la recomiendan para la formación adecuada de los seminaristas, especialmente en orden al celibato sacerdotal. Lo mismo se dice de los religiosos.
El Papa Juan Pablo II, haciéndose eco de esto, dice: “En la propia vida no faltan las oscuridades e incluso debilidades. Es el momento de la dirección espiritual personal. Si se habla confiadamente, si se exponen con sencillez las propias luchas interiores, se sale siempre adelante, y no habrá obstáculo ni tentación que logre apartaros de Cristo”.
La Exhortación Pastores dabo vobis, hablando de la dirección espiritual, dice que “es necesario redescubrir la gran tradición del acompañamiento espiritual individual, que ha dado siempre tantos y tan preciosos frutos en la Iglesia. En determinados casos y bajo precisas condiciones, este acompañamiento podrá verse ayudado, pero nunca sustituido, con formas de análisis o de ayuda psicológica”.
En la Exhortación Apostólica Postsinodal Ecclesia in America, el Pontífice volvió a insistir sobre el mismo tema: “Para madurar espiritualmente –decía allí–, el cristiano debe recurrir al consejo de los ministros sagrados o de otras personas expertas en este campo mediante la dirección espiritual, práctica tradicionalmente presente en la Iglesia. Los Padres sinodales han creído necesario recomendar a los sacerdotes este ministerio de tanta importancia”.
De los testimonios anteriores se desprende el principio teológico que afirma que la dirección espiritual es el medio normal de la Providencia para llevar las almas a la perfección y aun a la virtud meramente sólida. Como escribía Marmion: “Entra en los planes de la adorable Providencia de Dios nuestro Señor, que seamos guiados, no por revelaciones ni por Ángeles, sino por hombres que se ha dignado darnos al efecto y por cuya boca tiene a bien hablarnos”.
Se dice “medio normal” porque admite la excepción de quien, sin culpa suya, no tiene nadie a mano que lo pueda dirigir. Pero los santos advierten que Dios no da sus gracias a quien, teniendo quien le pueda instruir y dirigir, no se somete a dirección ajena; por eso vemos en el ejemplo de los padres del desierto cómo, a pesar de la dificultad, procuraban buscarse un director de conciencia. San Buenaventura llega a decir que ni el mismo Papa puede eximirse de tener su director.
La necesidad de la dirección espiritual tiene su fundamento remoto en la Sagrada Escritura, su proclamación en la tradición y su razón íntima en la naturaleza de nuestra vida espiritual y en el modo ordinario de obrar de la Providencia divina.
En la Sagrada Escritura tenemos consejos y ejemplos de cierta dirección espiritual:
–Tb 4,18: Busca el consejo de los prudentes y no desprecies ningún aviso saludable.
–Si 37,23: El varón sabio enseña a su pueblo, y los frutos de su inteligencia son dignos de fe.
–Si 21,13.17: La ciencia del sabio crecerá como una inundación, y su consejo será fuente de vida... La boca del sensato es buscada en la asamblea, sus palabras se meditan de corazón.
A esto hay que añadir los ejemplos bíblicos, como Samuel aprendiendo de Helí (cf. 1Sam 3,1-18), Cornelio de San Pedro (cf. Act 10,1-43), San Pablo de Ananías (cf. Act 9,10-19), etc. El ejemplo más importante es el del mismo Cristo adoctrinando a sus discípulos por el camino de la vida espiritual: No les hablaba [a las gentes] sino en parábolas; pero a sus discípulos se las explicaba todas aparte (Mc 4,34).
En la tradición de la Iglesia, la práctica de que quienes aspiran a la perfección tengan un guía espiritual se remonta a los primeros siglos cuando los grandes directores de almas fueron los monjes del desierto: los santos Pacomio, Dositeo, Sabas, Doroteo, Juan Clímaco, Juan Damasceno, etc., fueron todos grandes maestros del espíritu. Incluso seglares, con los emperadores a la cabeza, hicieron dirección espiritual, como nos recuerdan las tradiciones monásticas y las colecciones de sus apotegmas. La doctrina de la dirección espiritual nace con ellos y se continúa ininterrumpidamente a lo largo de toda la historia de la Iglesia hasta nuestros días. Entre los monjes del desierto la dirección espiritual llegó a ser considerada no ya un privilegio sino propiamente como un estricto deber del hombre que se retira a la soledad; y la privación del consejo espiritual de los ancianos o la falta de absoluta sinceridad con ellos era vista como ocasión segura de ilusiones, exageraciones y errores funestos. Ya San Antonio Abad decía: “He visto a monjes que, después de muchos años de trabajos, cayeron y llegaron hasta la locura por haber contado con sus propias obras y no haber aceptado el mandamiento de Dios que dice: Interroga a tu padre y te lo enseñará (Dt 32,7)”. Paladio, en la “Historia lausíaca” escribe: “Los que están faltos de dirección, caen como las hojas que empuja el viento sin rumbo fijo”. Los “Apotegmas de los Padres” nos permiten vislumbrar el modo corriente en que se realizaba la dirección, pues la gran mayoría de estos “dichos espirituales” son el relato de “direcciones” hechas por los grandes monjes. Ellas consistían, al parecer, simplemente en una visita de un monje novato a un anciano, una pregunta y una escueta respuesta.
Unos siglos más tarde llegaba a decir San Bernardo: “Quien se constituyese en maestro y director de sí mismo, se haría discípulo de un necio... No sé qué pensarán los demás sobre ésto; mas de mí sé deciros, por propia experiencia, que me es mucho más fácil dirigir a muchos otros, que a mí solo”. Igualmente San Vicente Ferrer: “Nunca Jesucristo otorgará su gracia, sin la cual nada podemos hacer, a quien teniendo a su disposición un varón capaz de instruirle y dirigirle, desprecia esta ayuda, persuadido de que se bastará a sí mismo y de que encontrará por sí solo lo que es útil para su salvación”. Y añade, en el mismo lugar, que, por el contrario, “quien tuviere un director, al cual obedezca sin reserva y en todo, llegará mucho más fácilmente y pronto que por sí solo, aunque fuere de ingenio muy despierto y tuviere a mano sabios libros de materia espiritual”.
En la tardía Edad Media un ejemplo singular de dirección espiritual lo ofrecen las Cartas de Santa Catalina de Siena; San Vicente Ferrer habla de la importancia de la dirección en su opúsculo De la vida espiritual. Más tarde, en pleno siglo de oro espiritual español, Santa Teresa desarrolló la doctrina y los criterios prácticos de la dirección espiritual en algunas de sus obras (por ejemplo, en Moradas, Vida, Camino de Perfección); lo mismo hizo San Juan de la Cruz (de modo particular en Subida al Monte Carmelo, Llama de Amor viva, Cántico Espiritual). Particularmente digna de destacar es la obra de San Juan de Avila, admirablemente resumida por él en su obra Audi, filia.
En el siglo XVII la práctica de la dirección espiritual estaba muy extendida y teorizada por autores como Alonso Rodríguez, Álvarez de Paz, Ludovico da Ponte, San Francisco de Sales, Fenelón, Bossuet, Olier, etc.
El Magisterio de la Iglesia ha confirmado esta práctica con su autoridad, recomendándola e incluso prescribiéndola en determinados casos.
Por ejemplo, el Catecismo de la Iglesia Católica dice: “El Espíritu Santo da a ciertos fieles dones de sabiduría, de fe y de discernimiento dirigidos a este bien común que es la oración (dirección espiritual). Aquellos y aquellas que han sido dotados de tales dones son verdaderos servidores de la tradición viva de la oración. Por eso, el alma que quiere avanzar en la perfección, según el consejo de san Juan de la Cruz, debe ‘mirar en cuyas manos se pone, porque cual fuere el maestro tal será el discípulo, y cual el padre, tal el hijo’. Y añade que el director ‘demás de ser sabio y discreto, ha de ser experimentado... Si no hay experiencia de lo que es puro y verdadero espíritu, no atinará a encaminar al alma en él, cuando Dios se lo da, ni aun lo entenderá’”.
La Presbiterorum Ordinis al hablar del trabajo para despertar vocaciones al sacerdocio dice que “para lograr este fin, es de la mayor utilidad la diligente y prudente dirección espiritual”; otros documentos la indican como medio ideal para que cada joven adquiera “una educación de la interioridad”. Y al mencionar los medios para fomentar la propia vida espiritual recomienda que “estimen altamente la dirección espiritual”. Por su parte diversos documentos la recomiendan para la formación adecuada de los seminaristas, especialmente en orden al celibato sacerdotal. Lo mismo se dice de los religiosos.
El Papa Juan Pablo II, haciéndose eco de esto, dice: “En la propia vida no faltan las oscuridades e incluso debilidades. Es el momento de la dirección espiritual personal. Si se habla confiadamente, si se exponen con sencillez las propias luchas interiores, se sale siempre adelante, y no habrá obstáculo ni tentación que logre apartaros de Cristo”.
La Exhortación Pastores dabo vobis, hablando de la dirección espiritual, dice que “es necesario redescubrir la gran tradición del acompañamiento espiritual individual, que ha dado siempre tantos y tan preciosos frutos en la Iglesia. En determinados casos y bajo precisas condiciones, este acompañamiento podrá verse ayudado, pero nunca sustituido, con formas de análisis o de ayuda psicológica”.
En la Exhortación Apostólica Postsinodal Ecclesia in America, el Pontífice volvió a insistir sobre el mismo tema: “Para madurar espiritualmente –decía allí–, el cristiano debe recurrir al consejo de los ministros sagrados o de otras personas expertas en este campo mediante la dirección espiritual, práctica tradicionalmente presente en la Iglesia. Los Padres sinodales han creído necesario recomendar a los sacerdotes este ministerio de tanta importancia”.
De los testimonios anteriores se desprende el principio teológico que afirma que la dirección espiritual es el medio normal de la Providencia para llevar las almas a la perfección y aun a la virtud meramente sólida. Como escribía Marmion: “Entra en los planes de la adorable Providencia de Dios nuestro Señor, que seamos guiados, no por revelaciones ni por Ángeles, sino por hombres que se ha dignado darnos al efecto y por cuya boca tiene a bien hablarnos”.
Se dice “medio normal” porque admite la excepción de quien, sin culpa suya, no tiene nadie a mano que lo pueda dirigir. Pero los santos advierten que Dios no da sus gracias a quien, teniendo quien le pueda instruir y dirigir, no se somete a dirección ajena; por eso vemos en el ejemplo de los padres del desierto cómo, a pesar de la dificultad, procuraban buscarse un director de conciencia. San Buenaventura llega a decir que ni el mismo Papa puede eximirse de tener su director.
